El conejo
Cuento de terror y humor negro
Bienvenidos sean todos al Baúl del Gato Sideral. En esta historia conocerás una extraña relación entre un gato y un conejo maldito. Espero que lo disfruten y gracias por leer.
El conejo
El conejo estaba sentado, tenía los ojos fijos y la nariz bien abierta. Estaba consciente de que su depredador estaba cerca. Muy cerca. Su depredador estaba detrás de él, de un salto pudo agarrar el cuello del animal. No le destrozó el cuello, el gato se llevo vivo a su presa al interior de su casa.
Su plato estaba lleno de croquetas especializadas para gatos esterilizados. Con un golpe de su pata alejó el plato, mandando muy lejos las croquetas carentes de sabor. Le gustaban más la otra marca, que tenían sabor a pescado y pollo, pero tenían un exceso de grasa que no le hacían muy bien a su figura.
El gato puso al conejo vivo en el suelo. De vez en cuando uno tiene que darse un gusto. El gato abrió la boca, enseñando un par de colmillos, se dirigió a su cuello para matarlo de verdad cuando una vocecita lo obligó a detenerse.
— Espera, espera, no me mates por favor — dijo el conejo asustado.
Al gato no le impresionó que el conejo pudiera hablar. Todos los animales pueden comunicarse los unos a los otros en un lenguaje universal. De hecho, hace unos días el gato estuvo hablando con una araña que no dejaba de quejarse que se le dormían las patas.
— Me gustan las historias tristes, te escucho — dijo el gato con una voz diabólica. Con solo el tono de su voz el gato le decía: No importa lo que me cuentes, te voy a devorar.
— No soy un conejo…
— Empezamos bien — le interrumpió el gato —. No eres un conejo. Eres un gazapo
— ¡Escúchame, por favor! — exclamó el conejo desesperado —. En realidad soy una chica que fue maldecida por una malvada bruja y terminó convertida en este mugroso animal. Solo hay una forma de devolverme a mi forma humana…
— Déjame adivinar — el gato le volvió a interrumpir —. Con un beso de tu verdadero amor.
— Más o menos, ¿Cómo lo supiste?
— Mi ama es una niña de seis años que adora mucho leer en voz alta.
Con mucha curiosidad el gato se acercó al conejo, quien retrocedió un poco. Correr era inútil, el gato lo alcanzaría y el destrozaría el cuello de un mordisco. El gato abrió su boca y lamió la cara del conejo cinco veces seguidas.
— Que rico — comentó el gato. Este vio al conejo todavía convertido en conejo —. No funcionó.
— En primera: Eso no fue un beso, y en segunda: Tiene que ser un beso de genuino amor.
El gato lo pensó unos segundos. Una idea apareció en su cabeza.
— Tengo una idea que puede ayudarte.
— ¿Vas a ayudarme?
— Creo que esto nos puede beneficiar a ambos. Tu maldición se acaba y regresaras a tu forma humana, y a cambio me comparas cinco kilos de comida para gato. La buena, nada de esa basura para esterilizados.
— Hecho. Por cierto, mi nombre es Silvia.
— Luis.
Ambos animales chocaron sus patas. Luis condujo a Silvia a una habitación de puerta rosada, con varias calcomanías de arcoíris, princesas y animales, muchos conejitos.
— Ana ama a todos los animales, y te amará a ti. En ningún momento dijiste que tenía que ser un beso romántico de un príncipe azul, o alguna mierda por el estilo.
— Estoy tan desesperada como para intentarlo.
Luis comenzó a maullar hasta que la puerta se abrió. Una niña de cabello negro y corto le abrió la puerta, vestía un pijama con varias cabezas de caballos de colores. Ana quería preguntarle a Luis si quería entrar, cuando su mirada se enfocó en el conejito. Ana tomó al conejito y le dio un fuerte abrazo, Silvia sentía que sus costillas se comprimían. Si esto funcionaba y Silvia volvía a su forma humana, iba a ser una humana que tendría que depender de un respirador artificial. Ana estaba tan enfocada en su nueva mascota que ignoró a Luis y le cerró la puerta. Esto no le importó a Luis. Fue a la sala, donde estaba su plato, y comenzó a comer la comida para gatos esterilizados.
Era la ultima vez que comía esa mierda.
A mitad de la noche, Luis se despertó con un fuerte dolor de estómago. No, no era por la comida. Era una sensación de que ha cometido un gravísimo error. Las habitaciones de sus amos estaban abiertas, eso jamás pasaban. A los padres de Ana no les gustaba la idea que Luis se durmiera en su colchón nuevo así que cerraban la puerta. Ana era más permisiva, pero le cerró la puerta. Luis entró a la habitación de sus dueños, salió a los pocos segundos deseando que todo fuese una ilusión.
Ambos padres estaban echados, bocarriba, con los cuellos rebanados.
— ¡Ana!
Luis entró al cuarto de Ana. Todos sus terrores fueron confirmados. La niña yacía muerta, con el cuello cortado. Su sangre manchaba las sabanas blancas. Era la única imagen grotesca en esa habitación tan colorida. Cerca de ella estaba parada una silueta humana que no dejaba de reír maniáticamente.
— ¡Silvia! ¿Qué hiciste?
— ¿No tienes idea de lo mucho que extrañaba esto, Luis? Los gritos, la sangre, esa sensación de pasar el cuchillo por la carne — Silvia notó la expresión destrozada de Luis. Eso solo la hizo reír más fuerte —. ¿Esperabas que yo fuera una princesa? ¿Cómo los cuentos infantiles que tu ex ama te leía? Digo, fui maldecida por una razón. Una mata a una familia y decide dejar viva a la más vieja. Esta resulta ser una malvada bruja que te convierte en un conejo — rio con amargura — ¿No te parece gracioso?
— Gracioso hubiera sido que te convirtiera en un parasito intestinal — Luis se dio cuenta de algo —. ¿Puedes entenderme?
— Claro que puedo entenderte, hemos estado hablando toda la noche.
Luis levantó la cabeza, miró con más atención a la asesina en serie. Un detalle lo hizo destornillar de la risa. Se echó y comenzó a reírse, se movía de un modo tan errático que parecía estar sufriendo de un ataque epiléptico.
— ¿Se puede saber de que rayos te Ries?
— Mírate en el espejo y averígualo por tu cuenta.
Silvia obedeció, lo que vio la hizo sentir como si alguien le hubiera arrojado un balde de agua fría con hielo. Un par de orejas de conejo sobresalían de su cabellera rubia. Miró hacia atrás y vio una cola de conejo un poco más arriba de su trasero. La cola se movió de forma adorable.
— Esto es un mal chiste.
— Supongo que si tenía que ser un beso romántico. Ups.
La enorme sombra de Silvia cubrió por completo a Luis, sostenía un cuchillo bañado en sangre y una expresión de rabia adornaba su rostro.
— ¿Recuerdas cuando te dije que no iba a dejar a nadie vivo? Eso incluyen a las mascotas.
Luis estaba solo y apunto de morir. No le quedaba otra cosa que hacer. El gato gris comenzó a ronronear y pasó su cuerpo con ternura por las piernas desnudas de Silvia. La asesina en serie soltó el cuchillo.
— No puedo hacerlo. Eres tan adorable — levantó al gato y comenzó a acariciarlo con sus enormes orejas de conejo —. Te quedaras a vivir conmigo, pero solo comerás comida para esterilizados. Hay que conservar tu salud y figura.
— No siempre se gana.
Una semana después.
Luis se acostumbró a su nueva vida y a su nueva ama. Silvia se deshizo de los cuerpos cortándolos en pequeños pedazos y arrojando los restos a una granja de cerdos que estaba cerca. Dejó un poco de sangre, que usaba para humedecer la desabrida comida para esterilizados, mejorando su sabor. No le tomó mucho tiempo a Luis empezar a querer a Silvia.
Ella entró a la casa, tenía ojeras y su rostro estaba bañado en sudor. Usaba un sombrero grande para cubrir sus orejas deformes y unos pantalones anchos para tapar su cola. En una mano sostenía una pequeña bolsa.
— El ruido, el maldito ruido. Puedo entender a los humanos y a los animales por igual. Y ellos no dejan de hablar. Las personas no paran de hablar de sus problemas, los perros no paran de hablar de sus planes para dominar el mundo…
— ¿Qué?
Silvia ignoró la pregunta y siguió hablando.
— Le tengo un miedo patológico a esos animales, no tienes idea de cuantas veces estuve apunto de ser la cena de alguien. Cuando uno de esos perros me ladró me oriné en los pantalones. Fue horrible. Juro que jamás voy a salir de esta casa.
Silvia entró a la casa dando saltitos, Luis se reía a carcajadas. Realmente le está gustando mucho vivir con ella
— Cállate, a veces es difícil salir de las viejas costumbres.
— Traje la cena — dijo Luis muy misterioso.
— Que amable — respondió Silvia con sarcasmo.
Luis arrastró un conejo muerto a los pies de Silvia. Ella sintió nauseas apenas lo vio.
— ¿Sabes una cosa? El conejo me dijo que era un chico que fue maldecido por una malvada bruja y que si lo ayudaba sería bien recompensado. Como no suelo cometer el mismo error dos veces, lo maté. Creo que a la bruja le gusta convertir a las personas en conejos, debe hacerlo por deporte.
— Voy a matar a esa bruja — dijo Silvia con rabia —. Y aleja esa cosa de mí, que me está dando asco.
— Bien. Más para mí.
Silvia se sentó en el sillón y abrió la bolsa. Dentro habían varias zanahorias. Recordaba con gracia como las separaba de su plato cuando era niña. Su madre tuvo que licuarlas para que las comiera. Le dio un mordisco a una zanahoria con sus dientes de conejo.
Esos dientes ya los tenía desde antes de ser maldecida.
FIN.


